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lunes, 25 de mayo de 2009
Realidades
Había una vez una bonita provincia llamada Soria donde la pobre sufría continuamente el abandono de sus habitantes. Éstos marchaban a las grandes capitales como Madrid, Barcelona o Bilbao donde estudiaban una carrera (ya que en Soria la oferta de carreras era escasa) y donde ya comenzaban su nueva vida, eso sí, sin olvidar su tierra (olvidada) y pensando siempre en volver a ella. Mientras esto sucedía, la pequeña Soria, cada vez más pequeña, estaba gobernada por individuos que no hacían nada por saciar este problema y veía como su población era cada vez más anciana. A su vez, llegaban los jubilados de Madrid, Barcelona y Bilbao y se instalaban en ella haciendo que su población todavía siguiera envejeciendo. MENOS mal, que un día aparecieron ciertos habitantes de otras culturas, que pudieron seguir manteniendo Soria, y cuidando a sus viejos habitantes. Pasaron los años hasta que un día Soria se convirtió en una enorme RESIDENCIA DE ANCIANOS, la cual esperaba que en poco tiempo se transformara en un enorme cementerio, ya que todos sabemos que la esperanza de vida no es eterna.
jueves, 29 de mayo de 2008
Soñando con ilusiones, volando con palabras
La tarde resulta pesada con el día tan soleado y tan caliente sobre la piel. Los escasos matorrales que allí perduraban parecía que iban a arder y yo sentada en su minúscula sombra sentía que de un instante a otro iba a empezar a evaporarse el sudor de mi tez.
Llevaba las zapatillas de siempre, de toda la vida, de cordones y blancas. Mi camiseta blanca también, y mis bermudas a cuadros, de cuando mi padre era joven. Mi pelo, por suerte, iba recogido en una coleta que me rozaba la espalda y caía sobre ella pegajosa a más no poder. Me incorporé cansada, aturdida, mareada por aquella solina. La bicicleta apoyada a un lado del camino me esperaba, para volver.
Como no habría cogido aquella gorra que mi abuela me ofreció y yo rechacé con brutalidad pensando que no me haría falta. Y ahora qué, a punto de sufrir una insolación, sin agua y a varios kilómetros de mi más dulce hogar. Los pedales estaban duros, tanto que mis rodillas crujían al subir aquellas cuestas empinadas que me separaban de mi destino. En sí, aquello ya era de jóvenes, yo no estaba para tales esfuerzos de niña.
Los campos, que iba dejando atrás cambiando de color, a un amarillo paja, a un amarillo seco, tan típico del verano. Las espigas del trigo y la cebada se movían con la escasa brisa de la tarde pareciendo aquello en vez de un campo de cultivo, un mar verde y amarillento. Y con tal satisfacción de poder respirar aire puro, de sentirme libre, de sentir mi alma divagando por aquel lugar tan sublime llegué a la entrada de la aldea. Pequeña, insignificante, pero especial.
Me baje de la bicicleta y decidí llegar a casa andando. El asfalto ahora si que me dolía en los pies y mi mente solo pensaba en aquel vaso de agua con azúcar para evitar las posteriores agujetas. Sin más, llegué, sin preocupaciones de metro, de autobuses, de retrasos. Llegando sin más, sin importar la hora, sin importar el día, viviendo como debe de vivirse, sin agobios, sin obligaciones. Eso sí, aprender a vivir con uno mismo, sintiéndose uno seguro de lo que hace, de lo que puede estar perdiendo, pero disfrutando con lo que gana: tiempo, sabiduría, belleza… Cosas que ya no se valoran como antes, que ahora son dignas de las revistas, de llegar un minuto antes para haber cogido tal tren, de estudiar por estudiar una carrera tras otra, cuando uno si tiene inteligencia la tendrá para siempre y solo la irá aprendiendo a manejar con la vejez y la experiencia. Y así se nos enseña a vivir a las nuevas generaciones, en las urbes, en la contaminación. En lugares atestados de personas y más personas que se mueven por los sitios por inercia, sin pensar en lo que hacen, si pararse a cavilar como están perdiendo parte de su persona y de su integridad como ser humano para convertirse en máquinas, en masa. Masa barata para el estado, para todos los estados existentes en este mundo, y para los poderes, los únicos que conservan su persona y la guardan para manejar a su antojo al resto. Y así, sin más, seguimos yéndonos de los pueblos, de los sitios medio despoblados, de la naturaleza para meternos de lleno en la boca del lobo, llena de mierda.
Llevaba las zapatillas de siempre, de toda la vida, de cordones y blancas. Mi camiseta blanca también, y mis bermudas a cuadros, de cuando mi padre era joven. Mi pelo, por suerte, iba recogido en una coleta que me rozaba la espalda y caía sobre ella pegajosa a más no poder. Me incorporé cansada, aturdida, mareada por aquella solina. La bicicleta apoyada a un lado del camino me esperaba, para volver.
Como no habría cogido aquella gorra que mi abuela me ofreció y yo rechacé con brutalidad pensando que no me haría falta. Y ahora qué, a punto de sufrir una insolación, sin agua y a varios kilómetros de mi más dulce hogar. Los pedales estaban duros, tanto que mis rodillas crujían al subir aquellas cuestas empinadas que me separaban de mi destino. En sí, aquello ya era de jóvenes, yo no estaba para tales esfuerzos de niña.
Los campos, que iba dejando atrás cambiando de color, a un amarillo paja, a un amarillo seco, tan típico del verano. Las espigas del trigo y la cebada se movían con la escasa brisa de la tarde pareciendo aquello en vez de un campo de cultivo, un mar verde y amarillento. Y con tal satisfacción de poder respirar aire puro, de sentirme libre, de sentir mi alma divagando por aquel lugar tan sublime llegué a la entrada de la aldea. Pequeña, insignificante, pero especial.
Me baje de la bicicleta y decidí llegar a casa andando. El asfalto ahora si que me dolía en los pies y mi mente solo pensaba en aquel vaso de agua con azúcar para evitar las posteriores agujetas. Sin más, llegué, sin preocupaciones de metro, de autobuses, de retrasos. Llegando sin más, sin importar la hora, sin importar el día, viviendo como debe de vivirse, sin agobios, sin obligaciones. Eso sí, aprender a vivir con uno mismo, sintiéndose uno seguro de lo que hace, de lo que puede estar perdiendo, pero disfrutando con lo que gana: tiempo, sabiduría, belleza… Cosas que ya no se valoran como antes, que ahora son dignas de las revistas, de llegar un minuto antes para haber cogido tal tren, de estudiar por estudiar una carrera tras otra, cuando uno si tiene inteligencia la tendrá para siempre y solo la irá aprendiendo a manejar con la vejez y la experiencia. Y así se nos enseña a vivir a las nuevas generaciones, en las urbes, en la contaminación. En lugares atestados de personas y más personas que se mueven por los sitios por inercia, sin pensar en lo que hacen, si pararse a cavilar como están perdiendo parte de su persona y de su integridad como ser humano para convertirse en máquinas, en masa. Masa barata para el estado, para todos los estados existentes en este mundo, y para los poderes, los únicos que conservan su persona y la guardan para manejar a su antojo al resto. Y así, sin más, seguimos yéndonos de los pueblos, de los sitios medio despoblados, de la naturaleza para meternos de lleno en la boca del lobo, llena de mierda.
sábado, 5 de enero de 2008
Tedio
Este aburrimiento que me engulle me provoca un pesado dolor de cabeza que ya ni el gelocatil puede aliviar. Y es que en tan grandioso imperio que me encuentro, frío hace porque lo siento cada vez que mi cuerpo pisa la calle, no hay apenas alma grata con la que poder compartir el valioso tiempo, que todavía dicen que lo es más en estas fechas de navidad. Ya ni nieva para al menos poder enamorarse desde la ventana de la luz blanca que desprende bajo el sol su armonioso manto virgen de toda huella humana. Y es que estas navidades, como tantas otras que me esperan, son aburridas hasta no poder serlo más, y para colmo aguantar todas las típicas costumbres que desde pequeños nos inculcan y los valores tan falsos que dicen existir entre nosotros durantes estos días de “paz y amor”. No se si es más fácil reír o llorar de tan inigualable momento.
Puedo pasear por las calles mojadas bajo el reflejo de las farolas, con la nariz colorada y entrando en un estado de congelación. Es una buena opción, cuando veo a lo lejos y cada más inmediato el ruido de tráfico, el metro, la multitud, la capital. Así que cierro los ojos e intento disuadirme de toda razón, de todo pesar, de todo lo que tengo a mi alrededor que lo he visto tantas veces que aunque cierre mis ojos inevitablemente veo.
Dicen que podemos distraernos en estos ratos de hastío con un libro, con un buen programa de televisión, pero yo solo veo que mi situación tan agria de vacío tanto físico como interno no tiene tan sencilla e inútil solución, que cuando te consume el tiempo es que te consume, y si me consume cuando alguien llegue a esta casa tan solo podrá ver mis ropas despojadas en este cómodo asiento.
Puedo pasear por las calles mojadas bajo el reflejo de las farolas, con la nariz colorada y entrando en un estado de congelación. Es una buena opción, cuando veo a lo lejos y cada más inmediato el ruido de tráfico, el metro, la multitud, la capital. Así que cierro los ojos e intento disuadirme de toda razón, de todo pesar, de todo lo que tengo a mi alrededor que lo he visto tantas veces que aunque cierre mis ojos inevitablemente veo.
Dicen que podemos distraernos en estos ratos de hastío con un libro, con un buen programa de televisión, pero yo solo veo que mi situación tan agria de vacío tanto físico como interno no tiene tan sencilla e inútil solución, que cuando te consume el tiempo es que te consume, y si me consume cuando alguien llegue a esta casa tan solo podrá ver mis ropas despojadas en este cómodo asiento.
jueves, 3 de enero de 2008
martes, 5 de junio de 2007
A las nueve
La mesa puesta. Todo en su punto exacto, el plato, a su izquierda el tenedor y a su derecha la cuchara. Carmen puso una tapa a la sartén que escondía la cena. Las nueve en el reloj, el inicio del parte de la noche en la televisión, y aún se oían el cantar de los pájaros bajo los últimos rayos de sol. A la espera de que su marido llegase de la rutinaria y típica cerveza de las ocho, decidió aprovechar para regar.
Dejó la puerta de la trascocina abierta y subió las escaleras hasta la cochera. Allí llegó a la calle. El buen tiempo se advertía al escuchar ya las voces de aquellos vecinos que atraídos por él, sacaban sus sillas y se sentaban a tomar la fresca.
A su paso, cuadrilla de gatos esperando los restos de comida de sus diversas cuidadoras y el poco sol enfrente, ocultándose en el horizonte. La casa de su hija estaba próxima a la suya. Las flores primaverales eran resultado de sus propias manos y cuidados. Rosas queriendo salir de sus capullos. Deshizo de las hojas secas a los geranios y refrescó el césped con la manguera. Ya estaba el pequeño murciélago revoloteando por el jardín como cada noche.
Cuando las plantas ya quedaron satisfechas, se marchó de nuevo a la plaza. El peculiar sonido de la furgoneta que parece desgarrarse cada vez que se arranca, llegó a sus oídos. Su marido, en su ausencia, y como tantos cientos de atardeceres se encaminaba a la granja, a cerrar las ventanas a conveniencia del rumbo del viento.
Con rápido paso llegó a casa y se encontró encima de la mesa con el plato, sin usar. (La tele, el alivio perfecto para otra espera…)
Dejó la puerta de la trascocina abierta y subió las escaleras hasta la cochera. Allí llegó a la calle. El buen tiempo se advertía al escuchar ya las voces de aquellos vecinos que atraídos por él, sacaban sus sillas y se sentaban a tomar la fresca.
A su paso, cuadrilla de gatos esperando los restos de comida de sus diversas cuidadoras y el poco sol enfrente, ocultándose en el horizonte. La casa de su hija estaba próxima a la suya. Las flores primaverales eran resultado de sus propias manos y cuidados. Rosas queriendo salir de sus capullos. Deshizo de las hojas secas a los geranios y refrescó el césped con la manguera. Ya estaba el pequeño murciélago revoloteando por el jardín como cada noche.
Cuando las plantas ya quedaron satisfechas, se marchó de nuevo a la plaza. El peculiar sonido de la furgoneta que parece desgarrarse cada vez que se arranca, llegó a sus oídos. Su marido, en su ausencia, y como tantos cientos de atardeceres se encaminaba a la granja, a cerrar las ventanas a conveniencia del rumbo del viento.
Con rápido paso llegó a casa y se encontró encima de la mesa con el plato, sin usar. (La tele, el alivio perfecto para otra espera…)
jueves, 24 de mayo de 2007
Reflexionando...
De nuevo vuelve la calma, y suena su voz aterradora trás mis papeles. No puedo seguir estudiando, me digo, mirando constantemente de un lado a otro. Quiero despejarme del todo, volar, ser libre, dormir... irme a casa.
Un día sí, y el siguiente también, que remedio. Leyendo en la biblioteca apuntes atiborrados de letra negra, oscura, indescifrable.
"¿Te gusta lo que estudias?". Sandra me pregunta sin preocuparse en sí su tono de voz será muy alto para el lugar en el que nos encontramos.
"Bueno..." Le digo absolutamente defraudada.
"¿Y por qué sigues?"
"Por ser algo en esta vida..." Ambas dejamos de mirarnos y nos centramos en lo que tenemos delante, letras y más letras que intentan cobrar algún sentido...
Un día sí, y el siguiente también, que remedio. Leyendo en la biblioteca apuntes atiborrados de letra negra, oscura, indescifrable.
"¿Te gusta lo que estudias?". Sandra me pregunta sin preocuparse en sí su tono de voz será muy alto para el lugar en el que nos encontramos.
"Bueno..." Le digo absolutamente defraudada.
"¿Y por qué sigues?"
"Por ser algo en esta vida..." Ambas dejamos de mirarnos y nos centramos en lo que tenemos delante, letras y más letras que intentan cobrar algún sentido...
viernes, 18 de mayo de 2007
40días!!!
Un adelanto de lo que son los san juanes...
......
Desde pequeña he oido decir que quien va a fiestas de SAn juan siempre repite... y como se que quereis más... SanJuaneando.com
......
Desde pequeña he oido decir que quien va a fiestas de SAn juan siempre repite... y como se que quereis más... SanJuaneando.com
lunes, 14 de mayo de 2007
A tí...
Las semanas que nadie necesita, pesadas sin saber cuando volver. Añoranza perdida, que un día tuve esperando cada fin de semana, ahora se convierte en un universo incierto. Los campos ya verdes, y altos haciendo tiempo hasta que un color amarillo los cubra anunciando la llegada del verano. La escarcha todavía protagonistas de las madrugadas y el mediodía calentorro a su paso por la fuente, el castillo, la plaza y las calles y calles que hacen el pueblo. Quién te olvida, y quién te quiere. Quién te aprecia y quién te abandona. Allí nos encontraremos todos en alguna fecha señalada, como de costumbre y compartiremos nuestras nuevas vidas inmortalizando nuestra apreciada infancia y adolescencia. Eternamente estarás ahí. Acogiéndonos a nuestro antojo y voluntad. Muro, ciudad romana arrinconada, ciudad medieval quemada. Muro, lleno de tesoros todavía sin descubrir. Sobrevive a esta masacre de civilización, sobrevive al mundo aterrador que amenaza con renunciar a todas las pequeñas aldeas que sólo albergan los ancianos y demás valientes que allí se quedan. Sobrevive, aunque tan triste sea decirlo y vociferarlo, para los que gozamos con la idea de retornar.
lunes, 23 de abril de 2007
La última rosa
He comprado una rosa roja. Hacía tiempo que no invertía en mi escasa colección de flores secas. Y digo escasa porque no llegarán a una docena, pero aseguro que son bellas como su designación indica. Pero esta última es distinta a las demás. Mi mente no estaba segura de ello, mi mente estaba cansada ya del día chocante y pegajoso. El tiempo se hace lento y aburrido, un sin sentido constante que mi cuerpo débil y atractivo ya no aguanta. ¿Qué hacer ante tanta y tanta desilusión conquistada sin ningún esfuerzo ni logro premeditado? El problema de la indecisión me abruma con constancia cuando ya no se si es mejor un corte frío de venas entre el vapor del agua caliente sobre mi cuerpo en la bañera, o si un gran colocón de una mezcla entre pastillas y sobres diversos de medicación obtenidos en una farmacia. Poco valor parece surgir de mi sudor de primavera. Y mi alma vagando desnuda entre estas paredes, de tan distinguida y desgraciada ciudad, buscando la salida a este infierno convertido en vida. Morir joven, con la perfección de la adolescencia, ya escondida entre las garras de la madurez. La rosa es para mi funeral.
martes, 13 de marzo de 2007
Cristales vacíos (continuación)
El tren paró bruscamente. Alejandro se acercó a la puerta y sin quererlo y queriéndolo a la vez, rozó el brazo de Susana. Sus miradas se buscaron. Cara a cara. Los oscuros ojos de Susana desprendían aires de tristeza. Él se había acercado a la puerta porque era su parada. Era su despedida, dolorosa, fácil de olvidar.
Alejandro no podía soportar aquella impotencia, la decisión de bajarse o no. No podía abrir la boca, las palabras no le salían teniéndola tan cerca. Estaba atado a la sensualidad de su mirada, a la palidez de sus labios, aún pintados de un rojo oscuro y atractivo. ¿Qué hacer? Ella le estaba pidiendo a gritos que se quedase allí, o eso al menos le hacía sentir. Una insistencia silenciosa, discreta, emotiva. Inexistente, quizás.
Sus brazos seguían pegados, él uno junto el otro. Un calor frío provocado por los escalofríos que ambos se hacían sentir. El viento de la ventana abierta a su lado, desprendido por la velocidad del transporte. ¿Qué hacer? Susana no sabía si debía bajarse tras él y perseguirle hasta el rincón más oscuro de su casa. Amarle a escondidas. Sin testigos. Él le miraba con cierto picor, inseguridad. La puerta se abrió. Miró al frente con dureza.
Alejandro observó su nuevo talante. El cambio de la expresión de su cara. Se bajó sin mirar atrás. Intentando olvidar sus ojos, su figura. Jurándose que eso le podría pasar tardes y tardes volviendo a casa. Su paso era firme y no quería volverla a ver. Quería sentir que en un momento se esfumaba su rabia de perderla, cuando todavía no le conocía. A lo mejor debía haberse quedado en el metro y debía haberla seguido y haber hablado con ella sin más… Caminaba y caminaba a un paso de subir en las escaleras. El tren pitó y sus puertas se cerraron. Con timidez se giró. Solo esperaba verla por última vez. Un solo instante, una mirada fugaz desapareciendo en la oscuridad. Cristales y más cristales hartos de gente y caras cansadas pero no la percibía. No había rastro de ella. Alzó su cabeza y observó la pesada escalera que le esperaba.
En un instante Susana apreció como sus sentidos se desvanecían allí mismo al concebir que se iba de su lado, que caminaba erguido hacia la salida sin girarse y mirarla de nuevo. Se llenaron sus ojos de lágrimas. Estaba vacía, vacía de él. Era un final helado que no podía dejar que se dispersarse con tal destreza. La puerta seguía abierta, esperando a que saliese. El tren pitó y dejándose llevar se infiltró por la rendija que todavía no se había cerrado.
Alejandro no podía soportar aquella impotencia, la decisión de bajarse o no. No podía abrir la boca, las palabras no le salían teniéndola tan cerca. Estaba atado a la sensualidad de su mirada, a la palidez de sus labios, aún pintados de un rojo oscuro y atractivo. ¿Qué hacer? Ella le estaba pidiendo a gritos que se quedase allí, o eso al menos le hacía sentir. Una insistencia silenciosa, discreta, emotiva. Inexistente, quizás.
Sus brazos seguían pegados, él uno junto el otro. Un calor frío provocado por los escalofríos que ambos se hacían sentir. El viento de la ventana abierta a su lado, desprendido por la velocidad del transporte. ¿Qué hacer? Susana no sabía si debía bajarse tras él y perseguirle hasta el rincón más oscuro de su casa. Amarle a escondidas. Sin testigos. Él le miraba con cierto picor, inseguridad. La puerta se abrió. Miró al frente con dureza.
Alejandro observó su nuevo talante. El cambio de la expresión de su cara. Se bajó sin mirar atrás. Intentando olvidar sus ojos, su figura. Jurándose que eso le podría pasar tardes y tardes volviendo a casa. Su paso era firme y no quería volverla a ver. Quería sentir que en un momento se esfumaba su rabia de perderla, cuando todavía no le conocía. A lo mejor debía haberse quedado en el metro y debía haberla seguido y haber hablado con ella sin más… Caminaba y caminaba a un paso de subir en las escaleras. El tren pitó y sus puertas se cerraron. Con timidez se giró. Solo esperaba verla por última vez. Un solo instante, una mirada fugaz desapareciendo en la oscuridad. Cristales y más cristales hartos de gente y caras cansadas pero no la percibía. No había rastro de ella. Alzó su cabeza y observó la pesada escalera que le esperaba.
En un instante Susana apreció como sus sentidos se desvanecían allí mismo al concebir que se iba de su lado, que caminaba erguido hacia la salida sin girarse y mirarla de nuevo. Se llenaron sus ojos de lágrimas. Estaba vacía, vacía de él. Era un final helado que no podía dejar que se dispersarse con tal destreza. La puerta seguía abierta, esperando a que saliese. El tren pitó y dejándose llevar se infiltró por la rendija que todavía no se había cerrado.
lunes, 12 de marzo de 2007
Cristales vacíos
El andén estaba repleto de gente. Las caras sofocadas por el calor que hacía allí dentro, cuando en la calle el termómetro no subía de 5 grados. Se oía el rechinar del tren, acercándose, pero todavía no se vislumbraba en el estrecho túnel.
Susana no tenía prisa por llegar a casa. Había comprado el regalo de su hermana, un juego de café extremadamente moderno en su diseño. "Le encantará" se dijo. Echó la lotería, como cada lunes y entró en una cafetería a tomar un chocolate con churros para entrar en calor. Ahora se dejaba bajar por la escalera mecánica el metro, leyendo aquel interesante capítulo de "Flores en el ático". Al llegar al andén, el tren estaba entrando en la estación. Cómo cada día se preguntó como podían caber allí dentro todos, pero todos subieron y el tren partió hacia la siguiente parada. Dejó el libro en el bolso y miró a su alrededor. La gente cansada de una jornada dura en el trabajo, deseando llegar a sus casas. Deseando que llegue el fin de semana. Allí estaba ella, en paro, deseando que el tren nunca llegase a la estación indicada. Se volvió y miró las puertas. Podía ver la velocidad entre el vacío de los cristales. A través de él le observó.
Alejandro volvía de trabajar en metro. Harto de ser cocinero se planteaba empezar otra vida. Quizás lo mejor sería estudiar, ya que lo había dejado algunos años atrás. Pero dónde iba él a su edad. El tren cómo de costumbre iba a reventar. Aburrido empezó a imaginar la vida de los demás. A dónde iban. Por qué. Sin quererlo, la descubrió en el cristal de la puerta. Le estaba mirando a él. Y fijamente. Alejandro sonrío. Aquella mujer tenía algo. En sus ojos, en su mirada. Y al igual que pasa en las películas, creyó estar enamorado a simple vista.
Susana tras ver cómo aquel hombre le estaba sonriendo guardó inmediatamente su anillo de casada. ¿Qué estaba haciendo? Como una niña de 15 años, en vez de asumir que tenía casi los 40, le devolvió la sonrisa. Hacía años que ya no sentía aquel cosquilleo en el estómago. Hacia meses que no se acostaba con su marido.
Sus miradas siguieron intactas durante minutos. Alejandro sentía que se había enamorado, por fin. Parecía una mujer madura, seguramente mayor que él. Tenía que hacer algo, acercarse a ella, hablarle, pero sólo podía mirarle y mirarle... Susana no daba crédito a lo que estaba sucediendo y sin embargo le gustaba tanto... Estar tentando a todo, desafiando. Se sentía sucia pero le encantaba. Le encantaba flirtear con ese tipo tan atractivo, tan joven... hasta que la luz de la estación hizo que el cristal dejase de actuar como espejo y quizás llegase la hora de separarse hasta siempre. Sin nombres, ni números, ni direcciones. Un amor de metro, de extras, de ciudad. De momentos, porque tan solo había sido eso, un momento, una mirada que lo dice todo.
Continuará...
Susana no tenía prisa por llegar a casa. Había comprado el regalo de su hermana, un juego de café extremadamente moderno en su diseño. "Le encantará" se dijo. Echó la lotería, como cada lunes y entró en una cafetería a tomar un chocolate con churros para entrar en calor. Ahora se dejaba bajar por la escalera mecánica el metro, leyendo aquel interesante capítulo de "Flores en el ático". Al llegar al andén, el tren estaba entrando en la estación. Cómo cada día se preguntó como podían caber allí dentro todos, pero todos subieron y el tren partió hacia la siguiente parada. Dejó el libro en el bolso y miró a su alrededor. La gente cansada de una jornada dura en el trabajo, deseando llegar a sus casas. Deseando que llegue el fin de semana. Allí estaba ella, en paro, deseando que el tren nunca llegase a la estación indicada. Se volvió y miró las puertas. Podía ver la velocidad entre el vacío de los cristales. A través de él le observó.
Alejandro volvía de trabajar en metro. Harto de ser cocinero se planteaba empezar otra vida. Quizás lo mejor sería estudiar, ya que lo había dejado algunos años atrás. Pero dónde iba él a su edad. El tren cómo de costumbre iba a reventar. Aburrido empezó a imaginar la vida de los demás. A dónde iban. Por qué. Sin quererlo, la descubrió en el cristal de la puerta. Le estaba mirando a él. Y fijamente. Alejandro sonrío. Aquella mujer tenía algo. En sus ojos, en su mirada. Y al igual que pasa en las películas, creyó estar enamorado a simple vista.
Susana tras ver cómo aquel hombre le estaba sonriendo guardó inmediatamente su anillo de casada. ¿Qué estaba haciendo? Como una niña de 15 años, en vez de asumir que tenía casi los 40, le devolvió la sonrisa. Hacía años que ya no sentía aquel cosquilleo en el estómago. Hacia meses que no se acostaba con su marido.
Sus miradas siguieron intactas durante minutos. Alejandro sentía que se había enamorado, por fin. Parecía una mujer madura, seguramente mayor que él. Tenía que hacer algo, acercarse a ella, hablarle, pero sólo podía mirarle y mirarle... Susana no daba crédito a lo que estaba sucediendo y sin embargo le gustaba tanto... Estar tentando a todo, desafiando. Se sentía sucia pero le encantaba. Le encantaba flirtear con ese tipo tan atractivo, tan joven... hasta que la luz de la estación hizo que el cristal dejase de actuar como espejo y quizás llegase la hora de separarse hasta siempre. Sin nombres, ni números, ni direcciones. Un amor de metro, de extras, de ciudad. De momentos, porque tan solo había sido eso, un momento, una mirada que lo dice todo.
Continuará...
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